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Testamento Espiritual de Margarita Lalor Cavanagh.
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Hay algo que me gustaría aclarar: Amo la vida. Y cada minuto que
pasa es un maravilloso regalo de Dios.
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Y a pesar de los que he pasado, de los “bajones”, de las
“pálidas”, de los vaivenes, de las euforias, de los momentos
feos y momentos felices, los “gozos y las sombras”, los
alegrones y las tristezas, estoy convencida de que vale la pena
vivirla.
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Y cada día, cuando me despierto, agradezco a Dios la vida que me
dio, y la que me permitió seguir viviendo.
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Le agradezco también:
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Porque viví largos años de independencia, pero ahora
tengo de quién depender.
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Por mis dos pies, con los cuales antes bailaba, caminaba
y corría; ahora con el izquierdo escribo, y con el derecho hablo
por teléfono.
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Porque conservo mi sentido del humor intacto y el
sufrimiento no me amargó el carácter. Aún veo el lado
gracioso de algunas situaciones y puedo reírme de un buen
chiste.
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Porque leo todo sin anteojos.
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Porque puedo ver las maravillas de la naturaleza,
percibo y asimilo ideas, comportamientos, mensajes no
escritos.
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Porque aprecio un buen dibujo, aunque ya no dibujo
más.
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Porque puedo gozar con los colores, aunque ya no
pinte más.
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Porque antes podía cantar, pero ahora mi voz
defectuosa todavía se hace entender.
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Porque antes, ahora y siempre voy a decir te
quiero.
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Porque mis manos conservan su capacidad de dar.
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Porque mi corazón late y puede amar profundamente.
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Porque respiro aún libremente y no preciso un
pulmotor.
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Porque oigo. Puedo escuchar el secreto de un sobrino,
una confidencia de una amiga, el murmullo de las voces que
tratan de no despertarme de la siesta, el estertor de una
carcajada, el dulce canto de las sobrinas en el baño la
noche del viernes antes de salir, el chasquido de las olas
del mar al romper, pero sobre todo por la música, de
cualquier variedad y tipo, no podría vivir sin ella.
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Porque todavía ando de aquí para allá, y tengo
alguien que lleve mi silla de ruedas.
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Porque puedo salir a la calle en los días lindos y en
los feos también. Y porque no estoy tirada en la cama de
algún hospital, sufriendo dolores, o frío, o calor, o
soledad.
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Porque vivo en un departamento cómodo (mientras la
DGI no me aumente los impuestos), donde caen los sobrinos a
cualquier hora. Me gusta. Son la sal y pimienta de mi vida.
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Porque puedo ir al campo y subir a la camioneta,
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recorrer los potreros y apreciar la buena hacienda,
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y participar de la yerra,
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durante los helados días del invierno;
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y oler el pasto recién cortado,
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y oír el murmullo del viento entre la chala seca
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del maíz a punto de cosechar;
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y presentir la lluvia,
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y escuchar el canto de los pájaros;
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porque tengo ganas de vivir;
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porque soy libre, por que soy feliz.
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Y porque la clave, el centro,
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y el fin de todo historia humana
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se encuentra en el Señor, Mi Dios.
Margarita Lalor Cavanagh
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