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 de 2012


   
     Testamento Espiritual de Margarita Lalor Cavanagh.
 
Hay algo que me gustaría aclarar: Amo la vida. Y cada minuto que pasa es un maravilloso regalo de Dios.
Y a pesar de los que he pasado, de los “bajones”, de las “pálidas”, de los vaivenes, de las euforias, de los momentos feos y momentos felices, los “gozos y las sombras”, los alegrones y las tristezas, estoy convencida de que vale la pena vivirla.
Y cada día, cuando me despierto, agradezco a Dios la vida que me dio, y la que me permitió seguir viviendo.
Le agradezco también:
Porque viví largos años de independencia, pero ahora tengo de quién depender.
Por mis dos pies, con los cuales antes bailaba, caminaba y corría; ahora con el izquierdo escribo, y con el derecho hablo por teléfono.
   
Porque conservo mi sentido del humor intacto y el sufrimiento no me amargó el carácter. Aún veo el lado gracioso de algunas situaciones y puedo reírme de un buen chiste.
Porque leo todo sin anteojos.
Porque puedo ver las maravillas de la naturaleza, percibo y asimilo ideas, comportamientos, mensajes no escritos.
Porque aprecio un buen dibujo, aunque ya no dibujo más.
Porque puedo gozar con los colores, aunque ya no pinte más.
Porque antes podía cantar, pero ahora mi voz defectuosa todavía se hace entender.
Porque antes, ahora y siempre voy a decir te quiero.
Porque mis manos conservan su capacidad de dar.
Porque mi corazón late y puede amar profundamente.
Porque respiro aún libremente y no preciso un pulmotor.
Porque oigo. Puedo escuchar el secreto de un sobrino, una confidencia de una amiga, el murmullo de las voces que tratan de no despertarme de la siesta, el estertor de una carcajada, el dulce canto de las sobrinas en el baño la noche del viernes antes de salir, el chasquido de las olas del mar al romper, pero sobre todo por la música, de cualquier variedad y tipo, no podría vivir sin ella.
Porque todavía ando de aquí para allá, y tengo alguien que lleve mi silla de ruedas.
Porque puedo salir a la calle en los días lindos y en los feos también. Y porque no estoy tirada en la cama de algún hospital, sufriendo dolores, o frío, o calor, o soledad.
Porque vivo en un departamento cómodo (mientras la DGI no me aumente los impuestos), donde caen los sobrinos a cualquier hora. Me gusta. Son la sal y pimienta de mi vida.
Porque puedo ir al campo y subir a la camioneta,
recorrer los potreros y apreciar la buena hacienda,
y participar de la yerra,
durante los helados días del invierno;
y oler el pasto recién cortado,
y oír el murmullo del viento entre la chala seca
del maíz a punto de cosechar;
y presentir la lluvia,
y escuchar el canto de los pájaros;
porque tengo ganas de vivir;
porque soy libre, por que soy feliz.
Y porque la clave, el centro,
y el fin de todo historia humana
se encuentra en el Señor, Mi Dios.

Margarita Lalor Cavanagh

 


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