El lunes último hubiera cumplido 59 años.
El mensaje de su vida, el libro "Se puede", que hace seis años
escribió con la única parte de su cuerpo que podía mover -los
dedos de su pie derecho-, será reeditado en agosto, cuando se
cumplan dos meses de la muerte de Margarita Lalor Cavanagh,
una de las damas más extraordinariamente valientes que tuve el
goce de tratar. Bella y con un cautivante sentido del humor,
la fresca juventud de Margarita sufrió un zarpazo brutal
cuando supo, a los 22 años, que padecía una enfermedad cruel,
progresiva y terminal: esclerosis lateral amiotrófica (ELA).
Se trata de una irreversible paralización del cuerpo que acaba
en asfixia.
* * *
Hace seis años, cuando la conocí, me conmovieron su cultivado
conocimiento, su curiosidad por el mundo, su amor por la vida,
su sensibilidad al dolor del otro, su serenidad espiritual y,
en tan aciagas circunstancias, su férrea vocación para ser
feliz conservando el humor.
La reedición de su libro, escrito con un esfuerzo sobrehumano,
sólo con un par de dedos de su pie derecho que articulaba en
un teclado especial conectado a una computadora, ante la
mirada silenciosa y admirada de su familia, es una excelente
noticia para quienes lo han reclamado en librerías sin poder
dar con un ejemplar, por haberse tratado de una edición
pequeña que se agotó, apenas su caso fue difundido en la
prensa nacional.
De nuestro primer encuentro, recuerdo sus ojos profundamente
celestes y su sonrisa adolescente como rasgos salientes de una
belleza con un aura singular. Y sus palabras, ante las cuales
sólo cabía el silencio. Entre sus memorias más duras estuvo
-me contó entonces- el instante en que escondida detrás de una
puerta supo su sino: "Fue doloroso romper mi noviazgo. Estaba
muy enamorada, pero no tenía derecho a atar a nadie a ese
destino". Un instante después me dijo: "El mejor momento de mi
vida fue comprender cuál era mi camino. Allí se acabaron mis
luchas internas, mi rebeldía. Comencé a pensar en positivo.
Uno puede ser feliz cuando siente que está cumpliendo la
voluntad de Dios".
Me contó entonces su mejor sueño: "Escuchar al prójimo, porque
ya nadie se escucha. Hoy la gente se saluda así: «¿Todo
bien?». Y eso no es escuchar. Me doy cuenta de la falta que
hace llenar el vacío que padece la gente".
Por Susana Reinoso
