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 de 2021


   

Escritos sobre Margarita

Viernes 8 de julio de 2006

Margarita Lalor Cavanagh

 

La vida fue generosa con Margarita Lalor Cavanagh, aunque ella supo apreciarlo cuando ya era tarde para ciertas cosas, como ella reconoció en la autobiografía "Se puede". Había nacido en una familia sin privaciones económicas, tenía cuatro hermanos a los que adoraba, había viajado por casi todo el mundo y era muy, pero muy bonita. Tenía 20 años cuando se miró al espejo y resolvió que debía perder 17 kilos. Ya.

Ese fue el principio de su otra historia. "Una historia de lo más común", según escribió más tarde en su libro, publicado en octubre de 1998, y donde describió sin amarguras ni resentimientos todos los pormenores de su tragedia personal. Había intentado toda clase de regímenes y dietas con resultados más o menos valederos. "Hasta que caí en manos de un médico endocrinólogo, especialista en obesidad, que enseñándome a comer consiguió que bajara 14 kilos. Pero me faltaban 17 para llegar a la figura ideal", confesaría a lo largo de las páginas, en las que dejaba entrever una inquebrantable fuerza de espíritu.

"Le pedí, le rogué y finalmente lo convencí: quería probar una cura de aguas. Fueron 15 días internada en una clínica bebiendo exclusivamente té, café y mate."

Entonces obtuvo la imagen delgada que deseaba, pero su sistema inmunológico quedó destruido para siempre. El deterioro físico fue haciéndose inexorable, y cada vez más evidente. A los dos meses de haberse sometido a esa dieta brutal, tuvo que internarse para que le extirparan un quiste. Luego fue perdiendo el habla, las fuerzas, y el movimiento de sus extremidades. Después de un año de diagnósticos erráticos y tratamientos infructuosos, los médicos descubrieron que padecía una enfermedad neuromuscular crónica, progresiva y terminal: esclerosis lateral amiotrófica. Le quedaban meses de vida. Pese a semejante pronóstico, Margarita decidió luchar por su recuperación. Sencillamente, quería vivir.

Y así, en silla de ruedas y con el cuerpo casi paralizado, decidió estudiar arte, traductorado de inglés y utilizando un procesador de texto con el pie izquierdo -diez letras por minuto durante doce horas diarias- logró volcar su testimonio sobre las terribles secuelas que puede provocar la dismorfofobia, una enfermedad que suelen padecerla aquellas personas que tienden a verse distintas de como son. En 1997 recibió un premio de ALPI: "Para mí fue un honor inesperado encontrarme entre los discapacitados más destacados del año", dijo en aquella ocasión.

Falleció el 9 de junio último, poco antes de cumplir 59 años. Quienes la conocieron la recuerdan por sus obras de bien público y sus convicciones religiosas. Hoy, a las 19, en la basílica de Nuestra Señora del Socorro habrá una misa en su memoria.
 

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