La vida fue generosa con Margarita Lalor
Cavanagh, aunque ella supo apreciarlo cuando ya era tarde para
ciertas cosas, como ella reconoció en la autobiografía "Se
puede". Había nacido en una familia sin privaciones
económicas, tenía cuatro hermanos a los que adoraba, había
viajado por casi todo el mundo y era muy, pero muy bonita.
Tenía 20 años cuando se miró al espejo y resolvió que debía
perder 17 kilos. Ya.
Ese fue el principio de su otra historia. "Una historia de lo
más común", según escribió más tarde en su libro, publicado en
octubre de 1998, y donde describió sin amarguras ni
resentimientos todos los pormenores de su tragedia personal.
Había intentado toda clase de regímenes y dietas con
resultados más o menos valederos. "Hasta que caí en manos de
un médico endocrinólogo, especialista en obesidad, que
enseñándome a comer consiguió que bajara 14 kilos. Pero me
faltaban 17 para llegar a la figura ideal", confesaría a lo
largo de las páginas, en las que dejaba entrever una
inquebrantable fuerza de espíritu.
"Le pedí, le rogué y finalmente lo convencí: quería probar una
cura de aguas. Fueron 15 días internada en una clínica
bebiendo exclusivamente té, café y mate."
Entonces obtuvo la imagen delgada que deseaba, pero su sistema
inmunológico quedó destruido para siempre. El deterioro físico
fue haciéndose inexorable, y cada vez más evidente. A los dos
meses de haberse sometido a esa dieta brutal, tuvo que
internarse para que le extirparan un quiste. Luego fue
perdiendo el habla, las fuerzas, y el movimiento de sus
extremidades. Después de un año de diagnósticos erráticos y
tratamientos infructuosos, los médicos descubrieron que
padecía una enfermedad neuromuscular crónica, progresiva y
terminal: esclerosis lateral amiotrófica. Le quedaban meses de
vida. Pese a semejante pronóstico, Margarita decidió luchar
por su recuperación. Sencillamente, quería vivir.
Y así, en silla de ruedas y con el cuerpo casi paralizado,
decidió estudiar arte, traductorado de inglés y utilizando un
procesador de texto con el pie izquierdo -diez letras por
minuto durante doce horas diarias- logró volcar su testimonio
sobre las terribles secuelas que puede provocar la
dismorfofobia, una enfermedad que suelen padecerla aquellas
personas que tienden a verse distintas de como son. En 1997
recibió un premio de ALPI: "Para mí fue un honor inesperado
encontrarme entre los discapacitados más destacados del año",
dijo en aquella ocasión.
Falleció el 9 de junio último, poco antes de cumplir 59 años.
Quienes la conocieron la recuerdan por sus obras de bien
público y sus convicciones religiosas. Hoy, a las 19, en la
basílica de Nuestra Señora del Socorro habrá una misa en su
memoria.